El sacerdote Elkin Acevedo, nacido en el barrio Blas de Lezo y quien desde hace 3 años se encuentra estudiando en Italia, dice que no quiere que su gente viva la tragedia que tiene en jaque a Europa por culpa de la Covid-19. Añora el patacón con queso, la kola Román y el abrazo de sus familiares.

 

Por: JUAN CARLOS DÍAZ M.  

 

La primera vez que los colombianos vieron que el joven sacerdote Elkin Mauricio Acevedo no era uno más dentro de la comunidad eclesiástica católica fue durante la visita del papa Francisco a Cartagena, en septiembre de 2017.

 

Ese día, como párroco del barrio San Francisco, el primero que tocó el Sumo Pontífice después de su arribo a la ciudad, y como director del Secretariado de la Pastoral Social de Cartagena (Sepas), el joven clérigo denunció ante el Papa Francisco la terrible realidad que se vivía en Cartagena con la explotación sexual infantil y le mostró el programa en el que estaban trabajando en la ciudad varias organizaciones.

 

“Con el programa Thalita Qum buscamos prevenir a las niñas y adolescentes de este crimen atroz que lamentablemente promueven algunos agentes turísticos en Cartagena. Esto nos da mucha vergüenza y quisiéramos que se formara una muralla alrededor de la Ciénaga de la Virgen para proteger a nuestras niñas”, dijo.

 

Según el diario El Tiempo, esa denuncia del párroco del barrio San Francisco, despertó la indignación y las alarmas en la ciudad. 

 

Hoy, este mismo personaje que logró captar la atención mundial, se encuentra en Roma (Italia) como estudiante de Sociología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma y oficia como sacerdote en la parroquia Dios Padre Misericordioso, de la Diócesis de Roma.

 

Desde allí, en la tierra que se ha convertido en una de las zonas más golpeadas por el coronavirus, el párroco de 36 años de edad, le envió un mensaje a sus paisanos cartageneros, para que tomen conciencia de la cruda realidad que está azotando al mundo.

 

“Quiero invitar a todos los cartageneros que se tomen esta vaina en serio, porque conozco su idiosincrasia, sé que es duro estar encerrado, pero peor es morir o ver morir a sus familiares, a sus amigos y estar en total impotencia ante esta situación. Mucha gente vive en la informalidad y tenemos que ser solidaros con ellos, pero, por favor, quédese en su casa, cumplan con ustedes mismos, con sus seres querido, con la sociedad”, expresó.

 

NO SIGAN EL EJEMPLO DE ITALIA

 

Italia, hasta la fecha, es el país de Europa más golpeado por la epidemia, con 115 mil contagios y 13. 817 personas fallecidas y la culpa, según los analistas y expertos, ha sido por la desobediencia civil de la ciudadanía y por la incredulidad de los jóvenes.

 

El sacerdote cartagenero recuerda que primer decreto de cuarentena absoluta fue a principios de marzo, el 8, pero muchos salieron para irse a sitios donde aparentemente no había llegado el virus, sin embargo, varias de estas personas eran asintomáticas y eso ayudó a propagarla.

 

“Otra cosa, cuando inicialmente se decretó el cierre de colegios y universidades por una semana, muchos entendieron como si fuera descanso y vacaciones, entonces los centros comerciales y los sitios públicos estaban abarrotados. Como acá hay muy buen nivel de vida, muchos aprovecharon para divertirse. Con la falsa creencia de que solo afectaba a los mayores, los jóvenes continuaron su vida y no se reflexionó y no tuvieron en cuenta que tenían personas mayores que podían afectar”, señaló.

 

El sacerdote cartagenero señaló que personalmente no ha tenido contacto con personas enfermas, pero si con familias que tienen personas muy cercanas, hermanos, padres que han muerto y le ha tocado hacer acompañamiento a nivel emocional y espiritual para sobrellevar esta zozobra.

 

“Desde hace dos semanas se ha vuelto muy preocupante, hay entre 800 y 900 muertos diarios y esto ha llenado de incertidumbre, temor y zozobra ante el futuro porque no se sabe cuánto tiempo va a volver la normalidad. La cuarentena debía concluir hoy (viernes), pero la han prorrogado después de Semana Santa”, indicó.

 

EL PATACÓN Y LA KOLA ROMÁN

 

Huérfano desde hace varios años, el padre Elkin, tiene otros cinco hermanos, con quienes se comunica a diario desde Italia, como única manera, además de la compañía de Dios, para enfrentar lo que considera una prueba muy fuerte: el estar lejos de sus seres queridos en este trance tan incierto.

 

Allá, encerrado en su habitación por el aislamiento social, las evocaciones de su tierra son muchas y añora esas cosas minúsculas que parecen nada, pero que a la larga son las que están con uno impregnadas en el alma adonde quiera vayas.

 

“La cultura europea es muy diferente, los colombianos y los latinos tenemos una capacidad de socialización muy grande, nos une la necesidad, en cambio acá todo es muy cerrado privado, en donde nadie comparte con el vecino, mientras que a nosotros nos une el desparpajo, la cercanía, el hecho de que en medio de la dificultad le ponemos el tinte de sabor, de jocosidad hasta a los momentos más duros como los de ahora”, señala.

 

Lo que más le cuesta superar es la comida típica de su Cartagena, ese sabor único que no se consigue en ninguna otra parte del mundo.  

 

“Es difícil para un costeño no poder comerse una mojarra frita con arroz con coco, un patacón con queso en el Palito de Caucho. Acá, eso cuesta una vida y parte de la otra, además el coco no es el mismo, el plátano es exótico y el queso criollo creo que ni lo preparan. Para nosotros, en Cartagena, la comida es una excusa para compartir, para estar en familia. Eso hace mucha falta, por ejemplo, conseguir una kola Román, lo que llamamos tóxico en las tiendas, una palenquera que nos venda una cocada o una alegría, es imposible y eso hace mucha falta”, sostiene.

 

Eximio aficionado al béisbol, al fútbol y a cualquier deporte donde actúe un colombiano, el sacerdote cartagenero dice que vibra con los partidos de fútbol de la Selección Colombia y con los juegos de Grandes Ligas donde participan compatriotas suyos, al punto que siempre que hay un partido de esos se levanta en la madrugada a verlo, por lo del cambio de horario.

 

Además, en su armario tiene dos camisetas de la selección Colombia, una mochila arhuaca y un sombrero vueltiao.

  

“Acá cuando hay encuentro con la comunidad latina aprovecho para sacar a Colombia conmigo y me siento feliz, como si estuviera en mi Cartagena, con mi gente a la que tanto extraño”, afirma.

 

Otra situación difícil para adaptarse es el concepto de barrio que hay en Roma, según el padre Elkin, pues para ellos no es aquel en el que la familia se sienta debajo de un palo de mango a tomarse un tinto con el vecino, y en el que los pelaos salen a jugar trompo, bolita de uñita o a volar barrilete.

 

“Acá, el barrio, es un edificio de 8 pisos en adelante, en donde no existe la posibilidad de ir a la casa de al lado a pedirle un poquito de hielo para el jugo porque se dañó la nevera, ese espacio de socialización que son las tiendas tampoco las hay y el concepto del menudeo, el de ir a comprar mil barras de aceite para hacer el arroz, no existe”, subraya.

 

Y, en estos días de soledad, lo que sí tiene a la mano es la música de su tierra colombiana y latina, la salsa de Niche, Guayacán, Joe Arroyo, de Gilberto Santa Rosa, el merengue de los Hermanos Rosario, de Wilfrido Vargas, la música en todos los estilos de su paisano Juan Carlos Coronel o el vallenato viejo de los Zuleta, Los Betos, Jorge Oñate, el Binomio de oro o Diomedes, la de Carlos Vives.

 

“Lo digo con franqueza, a mí el vallenato nuevo, del brincoleo, y el reggaetton, no me gustan para nada. Dentro de 20 años nadie se va a acordar la letra de estos, pero jamás y nunca, a nadie se le va a olvidar canciones como Ausencia Sentimental, que canta Silvio Brito; Así no es ella, de Los Betos; Nido de amor, de Jorge Oñate; o Mi hermano y yo, de los Zuleta. O, dígame usted, ¿cuándo La Rebelión, de Joe Arroyo va a pasar de moda?, allí está el meollo del asunto”, dice.

 

LECCIÓN DE VIDA

 

Lo que está ocurriendo en el mundo, según el sacerdote nacido en Blas de Lezo, no es un castigo divino ni mucho menos, por el contrario, es una gran lección de vida que no debe ser interpretada sino como una oportunidad de aprendizaje, para que la gente tome conciencia y gire su mirada a lo esencial, valorar en realidad que lo más importante es la familia.

 

Ese cambio obligado a los hábitos de vida ordinaria, en el que el aislamiento social ha mantenido alejados a los unos con los otros, ha servido para grandes reflexiones, en criterio del padre Elkin.

 

“De pronto nos dimos cuenta que es muy difícil vivir sin muchas cosas que no creíamos esenciales hasta hace poco, como la cercanía con la familia, el abrazo con los amigos y hasta salir a la calle a hacer las vueltas cotidianas. Que los medios tecnológicos no remplazan el contacto directo con la gente, que vernos y hablar por Skype no es lo mismo que abrazar a nuestros hermanos. Es la oportunidad poner cada cosa en su lugar, la sociedad nos impone ídolos de barro, como cantantes, deportistas o actores, pero hemos descubierto que otras figuras son más importantes, como las enfermeras, los médicos, los agricultores y hasta los barrenderos de las calles”, señala.

 

Y, como buen sacerdote, envía mensajes para sus coterráneos, a los seres que más extraña en estos momentos.

 

“Lo importante ahora, hermanos míos, es tener una vida espiritual muy desarrollada para afrontar esto, volver la mirada a Dios, ser más solidario los unos a los otros, me parece providente que hayamos vivido esto justamente en tiempo de cuaresma, y ojalá nos sirva para encontrar a Dios en la oración, en la gente que queremos, y que aprendamos que no podemos solucionar esto solos, necesitamos de la ayuda de los demás, aprender lo importante que es la vida en comunidad, y confiar mucho más en lo que Dios pueda hacer por nosotros”, advierte.

 

Y remata con una petición particular.

 “Tengo la esperanza de regresar con vida pa’ la casa y eso lo pido todos los días en mi oración. También tengo la esperanza de encontrar a mi Cartagena, mejor que cuando me vine hace tres años”.

Comunicaciones

Departamento de comunicaciones de la Alcaldía Mayor del Distrito Turístico y Cultural de Cartagena de Indias.


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