El compositor más reconocido de las sabanas de Bolívar se recupera de algunos quebrantos de salud en una clínica de Barranquilla. Aquí, un recorderis de aspectos de su trayectoria musical que lo han llevado al pináculo del folclor colombiano.
 
JUAN CARLOS DÍAZ M.
 
No es difícil imaginárselo. El viejo cuentero, encerrado en una habitación de un hospital, tiene la necesidad absoluta de hablar con alguien, es la condición humana con la que nació. No hay peor enfermedad para él que no poder entablar una conversación con alguien, de cualquier tema, para eso nació con el don de la palabra.
 
Por eso, es fácil deducir lo que los médicos han dicho a los familiares en los contactos telefónicos: las enfermeras están fascinados con él, le dicen que no lo van a dejar salir hasta que no esté al cien por ciento, que ha sido el enfermo más jacarandoso que han tenido en ese centro asistencial.
 
Con seguridad, ha hipnotizado al cuerpo médico con esa sabrosura congénita que tiene para charlar y charlar sin tregua, como lo ha hecho delante de encopetados auditorios como el teatro Adolfo Mejía para clausurar el Hay Festival, a petición de Daniel Samper Pizano, quien le sirvió de contertulio; o en el  teatro Colón de Bogotá para narrar la historia de su vida que es lo mismo que degustar un sancocho de la oralidad; o echando cuentos con Juan Gossaín en el escenario que le toque.
 
Es, aquí o acullá, el mismo Adolfo Pacheco Anillo que mandó ‘la Europa al carajo’ junto con Toño Fernández; el mismo que no cambia su tierra ni si le dan un imperio y que tejió un ‘collar de cumbia’ para que los vallenatos entendieran que ese fue el ritmo primigenio, la madre de todas expresiones musicales del Caribe colombiano, para que no sigan tragándose el cuento que ellos ‘inventaron’ todo lo que se toque con acordeón.
 
Hay que imaginarse a Pacheco refiriendo el arsenal de anécdotas que tiene recopiladas en sus más de 60 años de trasegar folclórico. Contando, por ejemplo, cuando le increpó, de manera cordial a Enrique Díaz por no darle crédito en la hermosa cumbia ‘Teresa’, que grabó el Tigre de Maríalabaja, para lo cual obtuvo una respuesta que todavía lo hacer reír a mandíbula suelta.
-Vea, compae Adolfo, usted no tiene cabeza para hacer una cumbia así. Eso es de Landero, le dijo el famoso acordeonista.
("...tu olor de jazmines, provoca mi anhelo, y de tus jardines, quisiera, Teresa, ser tu jazminero").
O cuando Nasser Sir, Max Arrieta y Juan Elía Díaz le hicieron la prueba en San Juan Nepomuceno para ver si de verdad era un buen músico, y le pusieron a tocar el bolero de Los Panchos: 'Un siglo de ausencia', que tiene muchos cambios en la guitarra.
No sólo pasó la prueba, sino que se convirtieron, en adelante, en compañeros y cómplices de la música.
 
‘VOLTEAREPISMO’
 
También les contaría de sus veleidades políticas en las que se ha mecido a lo largo de su trayectoria: conservador de cuna, herencia de su madre Mercedes Anillo quien le puso el nombre de Adolfo en honor a Hitler; y de su padre, el Viejo Miguel, quien seguía la línea del ultralaureanista Dimas Solano, exalcalde de San Jacinto, quien decretaba toque de queda en San Jacinto cuando el Generalísimo Franco lo hacía en España. “Oye, Miguel Pacheco, Los Beatles triunfando en el mundo y tu hijo Adolfo tocando con Landero en El Difícil, El Algarrobo y en Plato”, le decía Solano a Miguel Pacheco.
 
Adolfo se defiende y dice que fue en esas trashumancias con Landero que aprendió a diferenciar la musicología regional del Caribe.
 
Después, el autor de ‘La hamaca grande’ se volvió ‘izquierdoso’ y perteneció al MRL de López Michelsen, en San Jacinto fundó cooperativas y compuso emblemáticas letras como ‘Cantó mi machete’, que cuestiona la explotación de que era objeto el campesinado.
 
De la mano de Rodrigo Barraza regresó al convervatismo y fue diputado por Bolìvar. Aún bisoño y compartiendo curul con varios de los tigres de la política cartagenera, Pacheco cuenta que no se atrevía a enfrentarse a los liberales que seguían a su líder Rafael Vergara Támara, y en varias oportunidades fue blanco de los misiles verbales de sus contrincantes como el ‘Burro’ Marrugo y ‘Perucho’ Guerrero. “Se burlaban de mí diciendo que yo era solo un músico”, recuerda.
 
A ellos les contestó de la única manera que podía hacerlo, con un canto. Es decir, les dio de su propia medicina: “Doctor Barraza, atención…dígame si matar un puerco, puedo, sin licitación…”, en alusión a uno de los rivales apodado el ‘puerco’.
 
Más tarde fue diputado por Atlántico, con la ayuda de la familia Char y de su amigo de infancia Régulo Matera, a quien ya le había ‘pagado’ por adelantado con otro canto: ‘No hay felicidad’.
 
Este trabalenguas político de Pacheco llegó hasta los oídos de Daniel Samper Pizano y del famoso cantante español, Joaquín Sabina, quien interrogó al compositor sanjacintero sobre esos movimientos que en su país llamaban ‘voltearepismo’, a lo que el aludido respondió: “en San Jacinto, a quien hace eso  le dicen es pastelero, y yo me considero un gran pastelero”.
 
En este punto no hay enfermera, médico, laboratorista, camillero, aseadora o vigilante que se resista a una conversación de esquina con el hombre que sigue, a cabalidad, los preceptos del excampeón mundial de ajedrez, Emmanuel Lasker: ‘La vida es muy corta para dedicarla a una sola cosa’, frase que se ha convertido en su caballito de batalla cuando le preguntan por sus múltiples ocupaciones: compositor, abogado, gallero, beisbolista, manager, investigador, cooperativista…en fin, todo lo que tenga a su alcance.
 
Esa hiperactividad dice haberla heredado de su padre , a quien en San Jacinto le decían el ‘cincuenta negocios’, porque quería estar en todos y en todos estaba: un salón de baile llamado San Andrés, una cantina que se llamó El Gurrufero, una tienda, una tostadora de café, una piladora de maíz .
 
En el alma, para Pacheco, su padre solo era un músico frustrado que tuvo el atrevimiento de ponerle serenata a su esposa, Mercedes Anillo, con Toño Fernández y su gaita.
 
 
La vocación lectora del compositor sanjacintero también fue un contraste: leyó, sin recato, tanto el manifiesto económico del  líder de la falange española, José Antonio Primo de Rivera, como la poesía y narrativa social de García Lorca.
 
En la cumbia No es negra es morena (se oyeron gritos de fiesta/cuando cantaba soledad), dice Pacheco que se nota la influencia que tuvo García Lorca en sus versos, especialmente en la musicalidad del poema La muerte de Antoñito el Camborio (“voces de muerte sonaron/cerca del Guadalquivir”).
 
La fascinación de sus escuchas debe hacerse evidente desde que empieza a contar sus recuerdos y su trasegar a un costado de la poesía, desde la época del colegio de banquitos de la seño ‘Crucita’, su paso por el colegio de Pepe Rodríguez, las lecciones que recibía de su madre Mercedes Anillo con la cartilla Alegría de leer y la poesía de Gustavo Adolfo Bécquer, el salto a Cartagena al colegio Fernández Baena, donde aprendió, de manos del profesor Alfonso Parra París, la historia patria del hermano Justo Ramón y las filigranas que se podían tejer con el abecedario.
 
EL JEEP WILLYS
 
Hoy, el personal médico de la Clínica General del Norte, en Barranquilla, cuida como el más preciado tesoro al gran cantor del Viejo Bolívar.
 
Ya saben que este personaje, que ha compuesto más de 180 canciones, muchas de las cuales ya hacen parte del tesoro nacional de la música, es el compositor vivo más grande que tiene Colombia, es una de las personas que mejor conoce las diferentes escuelas folclórica que hay en la Costa Caribe y, despojándose de los infundados regionalismos, reconoce que la cumbia, el género mayor, no es de ningún sitio físico en especial, porque desde Atanquez,  en el Cesar, pasando por el Magdalena y la Zona Bananera, siguiendo por el valle del Sinú, Cartagena y las Sabanas del Bolívar Grande, se han conocido manifestaciones antiguas de este ritmo.
 
También que este elocuente y dicharachero personaje conoce la letra menuda del derecho de autor, tema que empezó a estudiar de fondo para obtener su grado de abogado con tesis meritoria en 1981, justamente en la que planteó varias reformas a la legislación colombiana para mejorar las condiciones económicas de centenares de compositores huérfanos de defensas.
 
De su obra también puede demorar meses hablando sin parar sin que su audiencia se aburra. Variopinta y de autoexigencia gramatical, Pacheco jamás utiliza una palabra incorrecta, un verbo mal ubicado o un adjetivo meloso. Por ejemplo, conoce los pequeños detalles que hace la diferencia entre un trovero y un trovador, es sabio para utilizar en el sitio exacto una metáfora o un simil (…sus caderas, sus cachetes, le crecen, su pecho brilla como dos velas prendías), y es pródigo en la refranería y dichos populares (…el que me la hace el 15 me la paga el 16).
 
Ha compuesto 16 cumbias, se le ha medido al bullerengue, al pajarito, al chandé; conoció el son de primera mano con el creador de este ritmo: Pacho Rada, y como tal ha compuesto varios como ‘El bautizo’, ‘Mercedes’, ‘Serenata’; maneja el merengue con una sapiencia tal que uno de los suyos: ‘El Viejo Miguel’, es considerado el mejor de todos los tiempos. También ha compuesto boleros, sones cubanos, pasillos y bambucos, y jamás se ha escuchado que ha tomado ‘prestadas’ letras o melodías de otros compositores para aumentar su repertorio.
 
Y en este aspecto, su honestidad es tanta que me confesó hace algún tiempo que no le gusta cantar mucho la cumbia ‘La Mojana’ ( banda sonora de la película ‘La boda del acordeonista), porque se dio cuenta que en su inicio tiene algunos acordes parecidos a la canción ‘Mi Buenaventura’.
 
Y, próximo a cumplir los 80 años, su tarea como compositor no se detiene. Ya terminó de componer y grabó la canción que le dedicó a los tres elementos que le acompañaron cuando vivió momentos difíciles económicamente: el tinto, el cigarrillo y el ron blanco.
 
¿Será que tiene méritos para recibir el premio Vida y Obra del Ministerio de Cultura?.
 
Pacheco se está recuperando y muy pronto le darán de alta. Mientras tanto, cuando puede hablar con sus familiares lo primero que les recomienda es que no olviden a sus gallos, que tiene en su pequeña finca en San Jacinto, que se siente a gusto porque por fin le están obligando a comer sano  y, les advierte, que no se preocupen que de la clínica saldrá como los Jeep WIllys que proliferan en las Sabanas, que los anillan, los encamisan y les reparan todos los daños que tiene el motor, y salen nuevecitos.

¡"Qué se preparen"!, dijo.
 
 

 

 

 

 

 
 

Comunicaciones

Departamento de comunicaciones de la Alcaldía Mayor del Distrito Turístico y Cultural de Cartagena de Indias.


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