Hoy se cumplen cien años del natalicio del pintor Alejandro Obregón, quien eligió a la ciudad Heroica para vivir y pintar hasta su muerte. Este es un boceto de uno de los artistas más reconocidos del país.
 
Por JUAN CARLOS DÍAZ M.
 
En la casa blanca con puertas azules, ubicada en la esquina de la Calle de La Factoría, en esa misma casa que aún guarda en sus paredes los vestigios de las balas de cañón del pirata Francis Drake, vivió el maestro Alejandro Obregón los últimos 24 años de su vida.
 
Allí también, el fornido hombre de patillas largas y profundos ojos azules, pintó varios de los cuadros más renombrados como el que hizo para el Vaticano por encargo de monseñor Darío Castrillón: ‘El arcángel San Gabriel’, del que tomó como modelo a un vendedor de cocos de las playas de la ciudad,  y los autorretratos inspirados en el defensor de Cartagena, don Blas de Lezo, incluyendo el famoso que él mismo baleó y regaló a su amigo Gabriel García Márquez.
 
En esa vivienda de más de 300 años, desde donde se puede saltar hasta el cinturón amurallado de Cartagena, y desde donde se escucha el rumor del Mar Caribe, se tenía pensado poner en funcionamiento el llamado Museo Obregón, donde se exhibirían los cuadros del pintor, se proyectaría documentales sobre su vida, y se complementaría con la plazoleta vecina que tendría un pedestal con una barracuda como homenaje al maestro, una zona arborizada y unas bancas para los turistas.
 
Pero este proyecto, que tiene más de 25 años de ser concebido y que tiene más de 15 de tener listos los diseños de la plazoleta donados por el Taller de Arquitectura de la Universidad de los Andes, realizados por 11 de los mejores arquitectos de América Latina, como Ricardo Sánchez y Carlos Campuzano, no ha podido concretarse por diversos motivos, a pesar de los anuncios en la prensa de su ‘pronta inauguración’.
 
La muerte de Rodrigo Obregón, quien junto a su hermana Silvana eran los impulsores del proyecto, le asestó un duro golpe al sueño de tener un sitio en la ciudad donde murió el pintor, para que las nuevas generaciones conozcan de cerca la grandeza del hombre que nació en Barcelona, pero que decía ser el más cartagenero de los catalanes.
 
CARTAGENA DE SU TRANQUILIDAD
 
Alejandro Obregón llegó a Cartagena en el año 1963 en busca de un sitio de reposo frente al Mar Caribe, para poder darle rienda suelta a su talento, ya madurado a punta de viajes, lecturas y de estudios profundo sobre el arte y sus veleidades.
 
Allí, en esa casona de la calle de La Factoría tenía el taller donde reposaban decenas de cuadros a medio terminar, algunos, como el del autorretrato de Blas de Lezo, escondido en un laberinto de marcos y maquetas que eran absolutamente intocables para cualquier otra persona.
 
Allí, también tenía su hamaca colgada donde se acostaba en las tardes a imaginar su mundo pictórico alimentado por su ron Tres Esquinas de siempre y su paquete de Piel Roja sin filtro.
 
Su hija Silvana afirma que su padre estaba en busca de una tranquilidad que solo le iba a dar a Cartagena, luego de varios años de juerga y desenfreno con sus amigos de La Cueva, en Barranquilla.
 
Fue en esa misma casa donde Salvo Basile fue a buscarlo para que hiciera parte de la película ‘Quemada’, en la que el pintor hizo el papel de un coronel de artillería de las tropas inglesas y participó al lado de Marlon Brando en un par de escenas.
 
No era su primera aproximación con el cine. Ya había sido uno de los impulsores del filme ‘La langosta azul’, junto a Álvaro Cepeda, y, después de ‘Quemada’ fue coproductor de una película que nunca se terminó: ‘Vamos pá La Guajira’, para lo cual Obregón hizo un préstamo en un banco que pagó después con un cuadro de su autoría.
 
También en la casa de Obregón se urdieron varias gestas bucólicas con amigos como García Márquez, el fotógrafo italiano Divo Caviccioli, Paco de Onís, quien era su vecino, y Antonio ‘Mono’ Escobar, entre otros.
 
Y de cada una de esas parrandas algún proyecto extraordinario salía, como el festival de Música del Caribe, del cual Obregón pintó una mata de coco naciendo para el primer afiche.
 
Junto con Manuel Zapata Olivella, Nereo López, Cecilia Porras y Enrique Grau, Obregón completa el quinteto de personajes cartageneros o que tuvieron una relación muy íntima con la ciudad que cumplirían este año cien años de nacidos.
 
Pero fue con García Márquez con quien tuvo una relación más cercana, de complicidad y compadrazgo.
 
Cuenta Gabo, en uno de sus fascinantes escritos, que el cuadro del Blas de Lezo baleado por el mismo Obregón lo tenía en su casa de Ciudad de México cuando se presentó el pintor en persona con hilo para bordar, tinta y un par de pinceles para subsanar uno de los huecos que dejaron los balazos del revólver calibre 38 que utilizó para ‘matarlo’.
 
No tuvo tiempo de tomarse ni el café, dijo García Márquez, porque tenía un compromiso en otra ciudad mexicana, pero se comprometió en regresar muy pronto. Efectivamente, a los tres días se presentó sin avisar y vio con asombro que la casa estaba con las puertas abiertas, había muchos automóviles parqueados al frente y preguntó: ¿qué pasó aquí?.
 
Alguien le dijo: “hace pocas horas anunciaron el premio Nobel de Literatura para García Márquez”, quien cuenta que en una entrevista, ese mismo día, dijo que estaba muy complacido con la vida, porque había recibido dos regalos que cualquier ser humano desearía en una sola semana.
 
Obregón cumple hoy cien años de su natalicio y Colombia entera le debe un gran homenaje, como realmente se merece, y Cartagena de Indias, en particular, tiene la enorme deuda de poner en funcionamiento, de una vez por todas, del museo y la Plaza Obregón.

Comunicaciones

Departamento de comunicaciones de la Alcaldía Mayor del Distrito Turístico y Cultural de Cartagena de Indias.


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