Ni los más excelsos investigadores de la música folclórica del Caribe colombiano han podido descifrar el enigma que dejó escrito el Nobel de Literatura con una canción que él le atribuye a Escalona, pero que nadie ha escuchado jamás.
 
Por: JUAN CARLOS DÍAZ M.
 
El nombre de la supuesta primera canción que se aprendió el Nobel de literatura colombiano, Gabriel García Márquez, era tan sonoro y colorido, que el periodista y escritor Gustavo Arango no dudó en que el libro que estaba escribiendo sobre el periplo del escritor cataqueño en el diario El Universal, se llamaría así: ‘Un ramo de nomeolvides’.
 
Las directivas del diario cartagenero lo habían delegado para que investigara y escribiera un extenso reportaje sobre el escritor más grande del país, quien trabajó durante 19 meses en ese periódico, desde el 12 de mayo el año 1948, de la mano del jefe de redacción, Clemente Manuel Zabala, oriundo de San Jacinto (Bolívar).
 
Durante la etapa de investigación, Arango entrevistó a varios de los personajes que estuvieron o hicieron parte del círculo cerrado de amistades que cultivó en Cartagena el laureado escritor, como Héctor Rojas Herazo, los hermanos Óscar y Ramiro de la Espriella, Manuel Zapata Olivella, el propio Zabala, Gustavo Ibarra Merlano, entre otros.
 
Uno de ellos, Óscar de la Espriella, le contó a Arango que Gabo cantaba a cada rato esa canción, y el propio García Márquez, quien leyó el libro y lo elogió públicamente, jamás lo negó, por el contrario: ‘le dio cuerda’, le comentó a este periodista, el propio Gustavo Arango, hace pocas semanas.
 
En una columna publicada en el mismo diario El Universal, Arango dice textualmente: “El título del libro (publicado en el 2015) está inspirado en el primer vallenato que García Márquez decía haber aprendido en la vida: ‘Te voy a dar un ramo de nomeolvides para que hagas lo que dice el significado”. 
 
El mismo García Márquez, en su biografía ‘Vivir para contarla’, en las páginas 416 y 417, habla de su providencial primer encuentro con el compositor vallenato Rafael Escalona, en Barranquilla, cuando ya él trabajaba en El Heraldo y mantenía una columna titulada ‘La jirafa’:
 
“La culminación de esa pasión llegó a su climax una  tarde de sopor en que el teléfono me interrumpió mientras escribía ‘La jirafa’. Una voz igual a las de tantos conocidos en mi infancia me saludó sin fórmulas previas:
 
-Quihubo, hermano. Soy Rafael Escalona.
 
Cinco minutos después nos encontramos en un reservado del café Roma para entablar una amistad de toda la vida. Apenas si terminamos los saludos, porque empecé a exprimir a  Escalona para que me cantara sus últimas canciones. Versos sueltos, con una voz muy baja y bien medida, que se acompañaba tamboreando con los dedos en la mesa. La poesía popular de nuestra tierra se paseaba con un vestido nuevo en cada estrofa. ‘Te voy a dar un ramo de nomeolvides para que hagas lo que dice el significado’, cantaba. De mi parte, le demostré que sabía de memoria los mejores cantos de su tierra, tomados desde muy niño en el río revuelto de la tradición oral”.
 
SE BUSCA UNA CANCIÓN
 
De ahí en adelante, se conoció la admiración que siempre le tuvo Gabo a Escalona, y en las parrandas vallenatas que siempre armaba cuando llegaba a Colombia eran obligadas varias canciones, entre ellas las de Escalona, como ‘La elegía a Jaime Molina’, ‘La vieja Sara’, ‘El testamento’, ‘ La casa en el aire’, entre otras.
 
“Gabo no solamente las acompañaba con el tambor que improvisaba con la mesa o con cualquier silla qe estuviera en frente, sino que las cantaba muy bien, sobre todo esa bella elegía a Jaime Molina”, comentó su amigo, el periodista Juan Gossaín.
 
Pero consultados varias de las personas que eran habituales en las parrandas de Gabo en Cartagena, como su acordionista de planta, Julio Rojas (qepd), Adolfo Pacheco, el mismo Gossaín, Jorge Mendoza Diago, Miguel Torres Badín, Manuel Domingo Rojas, entre otros, ninguno se acuerda de haber escuchado nunca la canción que el mismo escritor dijo fue el primer vallenato que se aprendió.
 
Mucho menos si el ritmo de este canto era paseo o merengue, que eran los que mejor dominaba el maestro Escalona.
 
Indagando con expertos en la musicología vallenata y en la garciamarquiana, como el investigador y compositor Julio Oñate Martínez, y el escritor y erudito en la relación Gabo-música, Ariel Castillo, tampoco se encontró siquiera un vestigio de la existencia del famoso canto que nadie escuchó.
 
Según Oñate Martínez, autor de una canción que se adelantó al cambio climático: ‘La profecía’ y quien es dueño de una de las discografías más completas en la costa Caribe, nos aseguró que con este nombre no conoce ninguna canción, ni de Escalona, ni de ningún otro autor.
 
“Usted sabe que Gabo, hasta en su biografía, le mete un poco de novela, de ficción a cualquier tema, y este pudo ser uno de ellos”, indicó.
 
Y señaló: “En ‘Vivir para contarla’ Gabito dijo muchas cosas que todavía nos tienen pensando”.
 
Por su parte, el escritor Ariel Castillo, quien lleva media vida escudriñando la obra de García Márquez y su relación con la música del Caribe, incluyendo la vallenata, y ha hecho análisis literarios a temas como ‘El toque de queda’, de Buitrago, ‘El mago del Copey’, de Luis Enrique Martínez, y muchas más de la juglaresca costeña, también dijo desconocer ‘El ramo de nomeolvides’.
 
Para Castillo, la afirmación de García Márquez en sus memorias puede ser una mamadera de gallo del escritor de Aracataca, un invento más en su gran fábrica productora de imágenes y situaciones reales e irreales.
 
“Si uno analiza el verso que se conoce, tiene un parecido a la estructura del inicio de ‘La casa en el aire’, por eso creo que esa supuesta canción podría ser una parodia, una burla del propio escritor para poner a la gente a delirar con el exceso de romanticismo que tiene”, señaló.
 
Otro conocedor de la música folclórica del caribe colombiano, el compositor Adolfo Pacheco, quien le ha seguido la huella a Escalona desde que tiene uso de razón y fueron compañeros de luchas musicales en Sayco, la tal canción no aparece en su ‘disco duro’.
 
Lo que sí conoce desde hace tiempo es el valor que tenía la flor de nomelvides en el siglo pasado para los enamorados, inclusive asegura que es la misma que Andrés Landero menciona en la cumbia ‘Martha Cecilia’, la miosota: ‘Eres una cosa exacta a toditas las miosotas’.
 
‘Cuando yo compuse el merengue ‘La flor de Palestina’, indagué mucho sobre las flores y el significado que tenían, y encontré que su nombre técnico era miosotis o miosotas, y que regalar un ramo de nomeolvides azules es una muestra de fidelidad y amor eterno, es prometer amor en la eternidad. Es amor de verdad, honesto único y especial”, sostuvo.
 
El mismo nombre popular: ‘nomeolvides’, tiene, según Pacheco, una explicación divina o si se quiere garciamarquiana: ‘en la creación del mundo, al momento de ponerle nombre a las flores, a Dios se le pasó la florecita pequeña y azul con un punto rojo en el centro, pero cuando se dio cuenta le dijo: te llamarás nomeolvides y llevarás el color del cielo y de la sangre’.
 
Así que hoy, cuando la pandemia del coronavirus mantiene confinada en su casa a casi toda la humanidad y lo que sobra es tiempo para indagar e investigar, hay una ardua tarea para quienes no quiere quedarse con esta duda existencial. Bienvenidos los que logren averiguar algo y ojalá lo den a conocer.

Comunicaciones

Departamento de comunicaciones de la Alcaldía Mayor del Distrito Turístico y Cultural de Cartagena de Indias.


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