Aunque vive del día a día con su trabajo frente a una máquina de coser y no le sobra un céntimo para regalar, esta mujer da ejemplo de solidaridad con el prójimo en el barrio estrato 1 en el que reside.
 
Por: JUAN CARLOS DÍAZ M.
 
La teoría (que no todos comparten), de que la pandemia del COVID-19 ha permitido que las familias se hayan unido más y que ha dejado ver el lado bueno de las personas, se confirma a plenitud en uno de los barrios más pobres de Cartagena, en plena faldas del cerro de La Popa y está etiquetada en nombre de mujer: Verónica Díaz.
 
Tiene 29 años, una hija de 6 y vive con su marido (quien trabaja en un hotel, pero lo enviaron de vacaciones) en el barrio República del Caribe, uno de los pocos en la ciudad que no cuenta con el sistema de alcantarillado y, debido a la cuarentena, el oficio de modista con el que se gana el sustento diario lo ha tenido que dejar ante la falta de clientes.
 
Y, en estas semanas que no está produciendo lo que regularmente hacía, en lugar de ponerse a llorar o a quejarse por la situación, acudió a su devoción religiosa y mejor cita a un pasaje bíblico contenido en el libro 2 de Corintios: ‘el que da semilla al que siembra, y pan al que come, proveerá y multiplicará vuestra sementera, y aumentará los frutos de vuestra justicia’.
 
“Durante la primera semana de la cuarentena pensé que el mundo se me iba a acabar porque no íbamos a aguantar tantos días sin producir plata, pues a mi esposo lo enviaron de vacaciones y era la única plata con la que contábamos, pero recordé que mi madre me decía que Dios nunca desamparaba a sus hijos y empecé a idearme una forma de ayudar a las personas del barrio”, señaló.
 
Fue en la semana del aislamiento social que se su idea tomó forma y se decidió: ‘como lo que yo sé es coser, compré un tapabacocas y me di cuenta que no eran difíciles de hacer y aproveché que tenía bastante tela borlan, que normalmente se utiliza para forros, cortinas  o para bolsos ligeros, y comencé en mi tarea’, explicó.
 
Al principio unos vecinos le dijeron que los vendiera, que todo mundo necesitaba, pero ella y su esposo se negaron y, cuando ya tenían una producción de unos 100 tapabocas comenzaron a repartirlos entre sus vecinos más cercanos.
 
Se fue regando la bola en el barrio y hubo necesidad de hacer una especie de pico y placa para anotar a las familias que ya habían recibido y no fomentar el desorden.
 
“Esto ha sido muy valioso para todos nosotros. Si hay mucha gente que no tienen ni para comprar un plátano, cómo iban a hacer para adquirir tapabocas que vendía en la calle a 2 mil pesos los más baratos”, señaló Jaime Sarria, uno de los vecinos.
 
VOCACIÓN DE SERVICIO
 
Verónica Díaz nació en el municipio de Pijiño, Magdalena, pero ubicado en la Depresión Momposina, y famoso porque este miércoles 15 de abril fue el epicentro de un  temblor de tierra de 5.7 en la escala de Richter, y que se sintió muy fuerte en Cartagena y el resto del Departamento.
 
Muy joven se fue a estudiar a Valledupar donde inició sus primeros pasos como costurera, guiada por una tía. Después se casó y se trasladó a Cartagena, al barrio República del Caribe, en la casa de los padres de su esposo.
 
Vivir en plena faldas de La Popa le ha servido para conocer lo bueno, lo malo y lo feo de la condición humana.
 
Dice que ha visto niños de 11 y 12 años perdidos en la droga y dando sus primeros pasos como sicarios en las pandillas que se esconden en los laberintos y cruces de caminos que tiene el cerro tutelar de Cartagena.
 
También ha visto madres que dan sus vidas por proteger a sus hijos, que siguen abrazándolos después de haber recibido puños y ofensas de ellos mismos, y también ha observado como niñas que aún no han conocido la pubertad cuando ya están metidas en los sucios negocios de la prostitución infantil, de ahí que a su hija la cuide y le enseñe los valores que se han perdido en muchas familias.
 
Pero, de igual manera, ha sido testigo de cómo hay jóvenes que luchan contra todas esas provocaciones que tienen a la vuelta de la esquina y prefieren seguir el camino correcto y convertirse en profesionales.
 
En pocas palabras, es un barrio de gente luchadora, que se han superado ante tantas adversidades y que luchan día a día para que no quedar en la estigmatización de ser un foco de drogas y sexo barato.
 
“Aquí hay familias en la que todos sus 5 hijos son profesionales, lo que quiere decir que cuando se quiere se puede y no hay pobreza que aguante al que quiera superarse”, señala la joven modista.
 
Y, en medio de todo el engranaje social en el que, con el paso de los días,  la moral se hace más fuerte que la indecencia, esta mujer ha puesto una nota muy alta en el tema de la solidaridad y la convivencia.
 
Hasta la fecha, se han repartido más de 250 mascarillas y unos 100 guantes (que un comerciante le donó cuando supo de su labor), entre las cerca de 100 familias que conforman el barrio.
 
“La idea es que todo mundo tenga sus tapabocas para protegerse al igual que sus guantes, por una sencilla razón: tengo que protegerme yo y tengo que proteger a mi hija y a mi familia”, advierte.
 
Y, a juzgar por las estadísticas sobre los enfermos de COVID-19 en Cartagena, ella tiene toda la razón: en el barrio República del caribe no se ha presentado ningún caso hasta el momento.    

Comunicaciones

Departamento de comunicaciones de la Alcaldía Mayor del Distrito Turístico y Cultural de Cartagena de Indias.


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