La lideresa social de Mampuján y Premio Nacional de Paz 2015, fue amenazada de muerte hace poco, y ante esto envió un mensaje diciente, en nombre de todos los líderes y lideresas sociales: “queremos más información democracia, más participación ciudadana, más presencia del Estado concertada y más trabajo colectivo”.

POR JUAN CARLOS DÍAZ M.

A Juana Ruíz, la carismática lideresa social que encabeza el legado cultural e histórico de todo un pueblo, los duros caminos que le ha tocado recorrer a lo largo de su vida, le han impuesto una coraza resistente y sabia en su pecho para soportar tropezones, amenazas, éxodo y muchos tipos de dolores.


Ella, que hizo parte de las más de 1.500 personas que fueron desplazadas por los paramilitares de su pueblo: Mampuján, jurisdicción de Marialabaja, y tras recibir hace pocas semanas una nueva amenaza de muerte, logró unir las voces de todos los líderes sociales de los Montes de María, tanto de Bolívar como Sucre, y entre todos enviaron un mensaje al Gobierno reclamando un Gran diálogo nacional para garantizar la vida y el trabajo de todos los líderes y lideresas que conviven con el miedo y la desesperanza.    


Con Juana como vocera, los líderes propusieron “un gran conversatorio nacional” que ponga en la agenda pública la protección colectiva a los líderes y lideresas amenazados por los violentos.


Ruíz y el Espacio Regional de Paz de los Montes de María, organización que trabaja por la convivencia pacífica en esta región, declararon que “un líder social escoltado y fuera de su territorio es una comunidad silenciada”.


Según el pronunciamiento, la única protección válida para los líderes sociales, es que ‘podamos caminar tranquilos por el territorio, apostándole a los proyectos de desarrollo de las comunidades. No podemos renunciar a eso. Les cambiamos los escoltas, los carros y los esquemas de seguridad, por más democracia, más participación ciudadana, más presencia del estado concertada y más trabajo colectivo’.


El mensaje fue organizado entre todos los líderes, pero quienes le han seguido los pasos desde que se dio a conocer como la aguerrida mujer que no se cansa de defender a su pueblo, aseveran que parecen dictadas por el corazón de Juana.


Ese es su carácter, desde hace 20 años cuando los grupos armados atravesaron la zona donde ella vivía con su familia, en predios de  Mampuján, y todos sus habitantes fueron desplazados masivamente, tras una masacre cercana, en la vereda Las Brisas, en la que murieron once personas.
Recuerda que todos los habitantes del pequeño poblado fueron sacados de sus casas y los reunieron en un campo de fútbol.


“Nos dijeron que ellos eran los mismos que habían estado en El Salado, corregimiento de El Carmen de Bolívar en el que los paramilitares efectuaron una de las peores masacres entre el 16 y el 21 de febrero de ese año, y nos sentenciaron de muerte: de este pueblo no saldrían vivos ni los perros”, recuerda.


Pero alguien hizo una providencial llamada al radioteléfono que cargaba el jefe del grupo armado y les dieron la opción de vivir pero con la condición de marcharse del pueblo. No quedó nadie en el viejo Mampuján y sus cientos de habitantes se desperdigaron por los pueblos vecinos hasta que fundaron otro caserío, más cerca de Marialabaja, al que llamaron Rosas de Mampuján.


CAMINO DE PIEDRAS   
Ese camino repleto de piedras y malezas que a otra persona hubiera derrotado en poco tiempo, le dió a esta mujer la oportunidad de saber levantarse cuando todos pensaban que ya no podía más, y seguir en la brega contra viento y marea.


De niña, su madre se la llevó para Venezuela, en donde entendió el valor que tenían: el fragoroso verdor de las montañas, el canto alentador de las aves y el sabor original del agua caída del cielo.


“El sueño de muchas mujeres pobres, en esa época, era ese: irse a Venezuela a trabajar un tiempo para luego regresar y comprarse una casa. Ese no era el sueño de nosotros, los niños. Mi mamá dejó a cuatro de mis hermanos donde mi hermana mayor, en San Pablo y a mí, la menor, con 6 años, me llevó con ella para Venezuela. Nos fuimos con dos cajitas de cartón amarradas y los pasaportes que sacamos en Cartagena. Pero finalmente me fui feliz, sin saber que lo que me esperaba era lo que hoy conocemos como una selva de cemento”, expresa.


Pero el sueño de volver a ver las montañas y escuchar las cotorras sonoras en las tardes, se le hizo realidad a los 4 años de estar en Venezuela y cuando su madre decidió devolverse porque su esposo, el padre de sus 11 hijos, estaba enfermo.


Acá, en su terreno, estudió primaria y hasta cuarto de bachillerato. Los otros dos los hizo en Cartagena y, con bastante sacrificio, logró culminar la carrera de Dietética y Nutrición en la Universidad del Atlántico, en donde conoció de cerca las primeras partituras del trabajo social que desde entonces asumió como una forma de vida.


PREMIO A LA PERSEVERANCIA


Después del éxodo y tras vivir varios años de manera inestable, las mujeres de Mampuján empezaron a organizarse y crearon varias organizaciones para ayudar a recobrar el tejido social que se había vuelto añicos por culpa de la violencia.


Para sacar de la mente, del alma y el corazón lo que dejó la masacre en la vereda aledaña de Las Brisas, el inevitable desplazamiento forzado, el hacinamiento en los albergues, el hambre, la tristeza,  y el partir de la nada, las mujeres del corregimiento usaron los tejidos como método de catarsis.


La predicadora evangélica estadounidense Teresa Geiser, que había ido a enseñarles a coser tapices desde El Salvador, les dejó ese legado en una corta visita que ellas supieron aprovechar, y ellas, con la sapiencia natural que tienen las tejedoras de los Montes de María, le inyectaron un soplo de vida Caribe a los originales diseños un tanto fríos y de colores pasteles.


En los tejidos que empezaron a producir ellas solas, pintaron los acontecimientos que habían vivido en carne propia: uno lo llamaron ‘Desplazamiento’ y a otro ‘Masacre’, retocados con árboles, casas, caminos y animales, pero sobre todo con las figuras de los habitantes del pueblo que dejó de existir.


Esos dos tapices, hacen parte de la sala Nación y Memoria del Museo Nacional y han recorrido varios países de Europa y ciudades de Estados Unidos como la evidencia del trabajo sanador de estas mujeres.


En Colombia, luego de que el pueblo entero, con la vocería de las mujeres que lideran Juana Ruíz, perdonaran a los paramilitares, y tras hacérsele un seguimiento al trabajo del tejido en colchas y tapices, les fue otorgado el Premio Nacional de Paz en el año 2015.


De ahí en adelante, este trabajo que combina un cualitativo proceso de tejeduría con un mensaje de concordia y una catarsis sicosocial en toda una comunidad, ha sido bastante valorado, al punto de que en la llamada Tienda de Melquíades, en el Claustro de la Merced, donde reposan las cenizas de Gabriel García Márquez, a instancia de la Universidad de Cartagena, se exhiben para la venta los originales tapices que narran las tragedias y el renacer de un pueblo.


Y, como cabeza visible de todo este engranaje, sobresale la figura de la mujer que a toda hora luce un colorido turbante en su cabeza: la encantadora Juana Ruíz, quien prefiere tener paz y tranquilidad en lugar de todo el oro del mundo.
 

Comunicaciones

Departamento de comunicaciones de la Alcaldía Mayor del Distrito Turístico y Cultural de Cartagena de Indias.


Related Posts